19 de mayo de 2013

El autómata del ajedrez


La historia de los autómatas se remonta a las primeras etapas de la civilización pasando por la Grecia clásica y luego en la Edad Media. Durante el Renacimiento Da Vinci diseño notables artilugios que con movimiento propios que aún no eran llamados robots. La edad de oro de la fabricación de autómatas tuvo lugar en el siglo XVIII en Europa siendo el francés Jacques de Vauconson el mayor exponente de éste arte que gracias al desarrollo de la relojería y el espíritu científico de la época, se fabricaron aparatos que incluso con los avances de la tecnología que nos rodea en la actualidad, lucirían extraordinarios.

En este ambiente europeo de magnificas creaciones autómatas surge en Hungría durante el año 1769, El Turco. Una figura humana con un turbante y una fisionomía que le proporcionaba su nombre, sentado frente a una mesa con un tablero de ajedrez, dispuesto a aceptar el reto de algún oponente humano, presentaba una imagen imponente con una idea original dentro de la técnica ya que a diferencia de sus predecesores que realizaban una imitación casi perfecta de los movimientos de humanos y animales, éste nuevo ejemplar poseía inteligencia. Su creador fue un ingeniero llamado Wolfgang von Kempelen, quien junto con su creación se hizo famoso al hacer una exhibición en la Corte Imperial de Austria ante la Reina María Teresa.
Su popularidad lo llevó a viajar por distintas partes de Europa donde tuvo la oportunidad de derrotar, entre otros, a Napoleón Bonaparte, Benjamín Franklin, y Charles Babbage. Posteriormente fue comprado por un hábil presentador de espectáculos quien lo llevó a Estados Unidos haciendo magnificas presentaciones en diversas ciudades y manteniendo el asombro de sus espectadores y las sospechas de muchos otros. Cada presentación era antecedida por una cuidadosa exhibición del interior de la mesa, al abrir las puertas anteriores y posteriores ubicadas en la parte inferior de la misma.
En 1836, Edgar Allan Poe asistió varias de las presentaciones y luego escribió un extraordinario artículo lleno de impecable lógica deductiva donde expresaba la necesidad de que la máquina fuese operada por un maestro de ajedrez ubicado en el interior de la misma. Más adelante, durante una presentación en un teatro, alguien gritó fuego y en medio de la estampida de la gente se pudo ver a una persona saliendo desde el interior de la máquina. También se dice que uno de los últimos jugadores ocultos en la máquina era bastante gordo y quedó atrapado en la misma lo que develó el secreto.
Si fue un incendio la causa de que se descubriera el secreteo, fue bastante una circunstancia premonitoria para el fin de la máquina ya que luego de ser adquirida por un museo en Filadelfia y exhibida al público, un incendio en el mismo la destruyó para siempre.

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